Después de tirarlo todo por la borda

rafaelchirbeslosviejosamigosheub

“Los viejos amigos” de Rafael Chirbes (Anagrama, 2003) es más una novela de transición que una novela sobre la Transición. Si “Los disparos del cazador” era un ensayo de personajes y estilos que desarrollaría más tarde, “Los viejos amigos” es una piedra de toque que marca el hartazgo de Chirbes por el tema en el que hace más hincapié a lo largo de su obra anterior (la Transición como traición) para dar paso a una escritura nueva en la que, harto de denunciar algo que ve que no tiene remedio, decide asomarse y observar, desesperado, qué le depara el futuro. Y se encuentra con esto:

“Yo pienso en el paisaje que veo desde mi casa: la piscina, el jardín, las buganvillas que saltan por encima del muro de piedra, las urbanizaciones que descienden en cascada hasta el mar; y el mar y las montañas que se ven a lo lejos como si se metieran en el agua, y eso que parece un islote, pero que tiene que ser una península, porque me parece que es Peñíscola, aunque no lo sé con certeza, y también ese paisaje cambia: le da la luz también como a Nueva York, por aquí y por allá, y hay árboles, huertos en el fondo del valle, las extensiones verdes de naranjos que desaparecen empujadas por nuevas construcciones, por bloques de apartamentos, por naves industriales, por almacenes cubiertos de uralita, planchas metálicas, o lo que sea eso, por enormes extensiones de cemento; por vertederos incontrolados y escombreras; las castigadas pinedas en las laderas de la montaña, los núcleos de población —veo el mar y decenas de pueblos en la costa desde la terraza de casa en los días claros— y, más acá del mar, grúas, nuevos edificios por todas partes: por supuesto que no es Nueva York, ni es el centro de nada, no, un asilo en el que esperan la muerte al sol los ateridos obreros de Europa, un patio trasero florido, y bastante sucio, aunque soleado, si lo sé, sé que no estoy en el centro de nada […].” (p. 74)

Es un claro antecedente de “Crematorio” y “En la orilla”, donde desarrollará historias “en el centro de nada” sobre especuladores costeros y perdedores que malviven junto a los marjales. “Los viejos amigos” es interesante por esto, porque empieza como un libro más de los que había escrito Chirbes hasta entonces (un “La caída de Madrid”, un “La larga marcha”), pero poco a poco se va rompiendo, el estilo polifónico y cuidado que pretende recoger una cena de viejos camaradas comunistas que se reencuentran (algunos reconvertidos en socialdemócratas, otros —los que siempre fueron de otra clase— llevan una vida de lujo sin esconderse, mientras que alguno sigue malviviendo por haberse aferrado, pobre, a un ideal, sea este el comunismo o la pasión por el arte, por el trabajo bien hecho) da paso a un monólogo desesperado, a borbotones, que termina con unas últimas páginas desoladoras, terriblemente crueles, probablemente autobiográficas, de una crudeza y falta de autocompasión insoportables. Casi podría decirse de “Los viejos amigos” que es el inicio de una trilogía, la trilogía de la crisis, que continúa con la excelente y aseada “Cematorio” como pieza central, y culmina con la desbordante desesperación y el exceso de “En la orilla”.

Dice Santos Sanz Villanueva (raro que en El Cultural no haya crítica del maestro Ricardo Senabre sobre Los Viejos Amigos) algo que aún hoy, quince años después de la publicación de “Los viejos amigos”, sigue siendo cierto: “Los novelistas españoles de los últimos lustros han dado la espalda a la realidad social y política inmediatas. Rafael Chirbes es una de las más notables excepciones.” El problema es que Chirbes está muerto. ¿Alguien que tome el relevo?

Anuncios

Los soldados de la catedral

lossoldadosdelacatedralheub

Ayer fuimos a la catedral por primera vez. Nos mareamos de tanto subir en espiral por la escalera de caracol, pero el viento helado que soplaba en lo alto del campanario nos borró la náusea. Buscamos nuestros respectivos apartamentos, ahí estaban, y tomamos un par de fotos con el teléfono antes de bajar. Al llegar a la plaza, fuimos por la rue Mercier y Caterina entró en la tienda de galletas. Tres años viviendo en Estrasburgo y aún no habíamos subido a lo alto de la catedral ni habíamos comprado nada en la Cure Gourmande. Con una sonrisa, me llamó aburrido por no comprar nada.

Agarrada de mi brazo, con su bolsa de galletas oscilando en la mano, decidimos dar un paseo de vuelta a mi casa. Mientras caminábamos en silencio, vimos los grupos de turistas dirigidos por guías con paraguas plegados, alzando el bastón telescópico. Nos cruzamos con vagabundos, paquistaníes de bigotes aceitosos, alsacianos con la cara ancha y madres enveladas tirando de sus carritos; vimos ruidosos grupos de griegos, de italianos, de armenios, también de españoles: todos indiferentes a los militares apostados en las esquinas, protegiendo la catedral. Sus aparatosos uniformes (el chaleco antibalas, las pesadas botas, la boina azul marino, los pantalones holgados de tela dura, los bolsillos abarrotados de accesorios y, sobre todo, sus intimidantes fusiles FAMAS bien agarrados) parecían armaduras pintadas de verdeoliva. Tenían el gesto grave, empañado por los restos de un acné que les trepaba por la garganta, rosando su piel blanca. Pasamos frente a ellos encogiendo los hombros al notar las primeras gotas de lluvia, que resbalaban sin calar el cuero negro de sus botas.

Nos refugiamos en un viejo bar de mesas pegajosas en la plaza de Saint-Étienne y pedimos un café y una cerveza para matar el tiempo. Me quejé del pésimo servicio y lo comparé con España: eché de menos las tapas gratis con la bebida, el camarero chascando un bolígrafo al recitar los postres, las aceitunas resudadas, la caña de Mahou con el giste bien cremoso. Pregunté a Caterina si ella también echaba de menos esos detalles: el buen clima, el sabor del café y de la comida, la parsimonia de los camareros sardos. Claro, me dijo. Los dos habíamos llegado a Estrasburgo buscando trabajo, aunque ella siempre había querido vivir en el extranjero. Yo deseaba vivir en Madrid, pero tras más de un año de licenciado sin encontrar nada, conseguí una plaza de investigador en Estrasburgo e hice las maletas, pero sin perder la esperanza de volver algún día. Un compañero griego del trabajo me dijo al llegar que el punto de inflexión eran los cinco años: llegado ese momento decisivo, o vuelves a tu país o te conviertes en un expatriado para siempre.

—¿Para siempre?

—Sí, para siempre. Notarás que empiezas a despegarte de tu lugar de origen desde que te instalas en otro país, y aunque al principio son pequeñas cosas, como no entender algunas expresiones que se ponen de moda y que te tienen que explicar cada vez que vuelves a casa, verás que no sólo el idioma empieza a distanciarse. Las series que ven tus amigos de allá, los famosos de los que hablan, las alineaciones de los equipos de fútbol, los partidos a los que votan: todo va cambiando y tu vida empieza a ser más parecida a la de un francés que a la de un madrileño. Luego tus amigos se casarán año a año con gente a la que apenas conoces, pero con la que pasan ya más tiempo que contigo, y eso se nota: ¿hasta cuándo fingirás que no te molestan los silencios incómodos que se producen cuando adviertes que tus amigos se han convertido en simples conocidos con los que hablar de trivialidades, pero no de lo que realmente piensas, como, por ejemplo, que echas de menos los lazos que el tiempo y la distancia han disipado? A partir de los cinco años fuera, la distancia se vuelve insalvable.

Yo quería volver a Madrid a pesar del fatalismo de mi compañero, pero Caterina estaba contenta en Estrasburgo y no tenía ningún incentivo para regresar a Italia. Discutimos sobre el estilo de vida que yo, mucho más que ella, echaba de menos. Pero el pacto estaba claro: si queríamos seguir juntos, ni yo podía vivir en Italia ni ella podría acostumbrarse a Madrid, y eso contando con que la situación mejorase: los años pasaban y las promesas de recuperación económica, repetidas por los diarios, no cuajaban. Mis compañeros de facultad seguían encadenando un contrato temporal tras otro, pasando varios meses en el paro o viéndose obligados a trabajar en tiendas de ropa, restaurantes, hoteles.

—Tengo la sensación de que si no vuelvo en los próximos dos o tres años no voy a volver nunca—, le dije a Caterina tras dar un sorbo a mi cerveza.

En el bar, con el suelo de piedra y las sillas de madera, la música francesa sonando a bajo volumen, mezclándose con el aroma a café, a lúpulo y a queso munster, nos sentíamos a gusto. Las estufas calentaban nuestros cuerpos húmedos, que se estremecían de gusto al sentir las olas de calor. Caterina pegaba sus manos a la taza de café.

—¿Y qué más da? Madrid siempre va a estar ahí. Puedes volver cada dos o tres meses, hablar con tu familia y amigos a diario si quieres. Aquí tienes una vida que jamás vas a encontrar en España: un trabajo interesante y bien pagado, un piso decente… Y, bueno, me tienes a mí.

Nos miramos a los ojos. Despegué un brazo de la mesa infame para acariciar sus manos, que imaginaba calientes del contacto con la taza. En ese momento, cuando nuestros dedos estaban a punto de tocarse, el tableteo de una ametralladora pudo oírse a unas pocas calles de distancia. Una camarera se sobresaltó y las copas vacías tintinearon en su bandeja. Los clientes callaron y miraron por la ventana, pero desde el bar no se veía más movimiento que una bandada de palomas atravesando la plaza: los transeúntes permanecían inmóviles, alerta y con el cuello rígido. Siguió otra ráfaga de disparos, mucho más breve. Después, se hizo el silencio. Caterina puso su mano en el regazo. Yo reculé y volví a levantar mi jarra de cerveza. Ya no quedaba espuma blanca que pudiera agarrarse a mi barba negra. En la calle, la gente reanudó el paso lentamente, dirigiéndose con curiosidad hacia la plaza de la catedral, el origen de los disparos.

Pensé si mi insistencia en volver a España no sería más que un grito desesperado contra lo inevitable. Cada día que pasaba, me arrinconaba más en un callejón sin salida: cuanto más mejoraban mis condiciones laborales, económicas y sociales, más difícil era encontrar las mismas, o al menos algo parecido, en Madrid. Miré a Caterina, y a pesar de los familiares, de los amigos y de los lugares, a pesar de las ganas que tenía de volver a mi país y de ver mejorar las cosas, le dije lo obvio:

—Yo lo que quiero, es estar contigo.

Terminamos nuestras consumiciones con calma, las pagamos a medias y salimos a la calle de la mano. Aún llovía, pero ya no nos molestaba.

Lecturas de abril 2018 – Pequeñeces

borgesheub

Otro mes, esta vez más productivo que el anterior, pero tampoco para tirar cohetes. He aprovechado para quitarme de encima lecturas breves, muchas de ellas anecdóticas, aunque hay alguna con más peso de lo que parece. Es verdad que una obra no va a ser mejor por ser (por tenerla) más larga. Me alegra que haya variedad de época, de temática y de género. Estoy contento conmigo mismo y me doy una palmadita en la espalda. Tap. Alguien podría quejarse de que sólo hay un libro escrito por una mujer, pero… Qué le vamos a hacer. El próximo mes será otra cosa y no creo que este blog ande precisamente corto de reseñas a obras escritas por ellas.

Aquí van, esta vez por orden de lectura. Seguir leyendo “Lecturas de abril 2018 – Pequeñeces”

No todo el mundo puede ser Nadia Comăneci

sabinaurracalasniñasprodigioheub

“Las niñas prodigio” de Sabina Urraca (Fulgencio Pimentel, 2017) se ha convertido en una especie de favorito de los escritores. Quien más quien menos, todo el mundo tiene una palabra bonita para la simpática Urraca, cuya carismática presencia en infinidad de medios (¿hace falta enumerar la larga lista de revistas, publicaciones y diarios en los que escribe?) y, sobre todo, en Facebook, la han convertido en una pequeña estrella. Sabina Urraca cae bien porque tiene personalidad, sentido del humor, argumenta con convicción y respeto y, sobre todo, porque escribe como Dios. Se nota que no hace otra cosa que machacar teclas, picoteándolas con sus dedos como si fuesen patas de araña. Oficio, lo llaman. Esta mujer vive de ello, claro. Y lo hace muy bien. Tremendamente bien. Sin embargo, una cosa son las columnas y otra muy distinta las novelas.

Un hecho: me costó mucho esfuerzo (y mucho tiempo) terminar “Las niñas prodigio”, a pesar de que disfruto mucho con sus artículos. Pero empecemos por lo bueno.

La prosa es estupenda. Hay algún personaje verdaderamente memorable, como el tío de la protagonista, ese hombre enjuto y tristón, tan misterioso. Se agradece el esfuerzo por narrar temas extraños desde un punto de vista infrecuente.

Y sin embargo, la búsqueda constante de lo estrafalario resulta cansina; como un Palahniuk que busca escandalizar con la violencia, Urraca persigue temas chocantes y algo desagradables. Aprecio el valor de describir lo indescriptible, pero la cantidad de pequeños detalles sobre placentas y fluidos corporales termina por empalagarme. El libro, así, queda como una colección amorfa de anécdotas que no parecen ir a ningún lugar (yo al menos, no supe encontrar estructura alguna, sospecha que quedó reforzada cuando vi la charla TED de Urraca, en la que menciona cómo escribió “Las niñas prodigio”). ¿Tal vez una colección de relatos hubiera funcionado mejor? Para una columna de quinientas palabras la jugada puede salir bien. Sin embargo, al igual que le sucede a Francisco Umbral, algo se pierde cuando Sabina Urraca se pasa al formato largo.

Tampoco ayuda a meterse en la novela la actitud de la protagonista, realmente incomprensible, una tipa inaguantable con el ego infladísimo. Por un lado, bravo por la autora, que es capaz de crear un personaje así. Por otro, lastra la historia con su prepotencia, con reflexiones como:

“Pensé: «¿Por qué han enviado imágenes de Nadia Comăneci al espacio y no unas mías limpiando las juntas de los azulejos?».” (p. 65)

En conclusión, una gran columnista escribe su primera novela, sobrada de prosa y de estilo y de originalidad, pero falta de consistencia. No obstante, visto el talento de Urraca para el formato breve, habrá que estar atento, seguirle la pista. Tal vez nos dé una sorpresa.

Nanas de la cebolla

aixadelacruzlalineadelfrenteheub

“La línea del frente” de Aixa de la Cruz (Salto de Página, 2017) tiene, ya lo he leído en alguna otra reseña, varias capas. Yo he encontrado tres.

Hay una primera capa, la de la trama, que cuenta una historia sencilla: una chica necesita soledad para escribir su tesis doctoral y se va en plena temporada baja a un piso frente a la playa de Laredo (Cantabria), pero con una segunda intención: Laredo está muy cerca de la prisión de El Dueso, donde cumple condena un antiguo novio suyo del instituto, supuestamente preso por un confuso (poco claro) acto terrorista. La segunda capa es el trasfondo, todo lo relacionado con ETA y sus consecuencias, prestando especial atención a los márgenes, a los daños colaterales. Finalmente está el tema, la tercera capa, que no es ni el terrorismo ni la tesis doctoral ni la historia de amor, sino un tema clásico, inagotable y, en nuestros tiempos, esencial: la realidad. Trama, trasfondo y tema forman una novela breve con mucha carne.

La trama es lo más flojo del libro, lo que justifica su brevedad. Hay dos historias principales: la relación entre la protagonista y el terrorista por un lado (alternando la primera persona y escenas descritas como si fueran obras de teatro, con mucho diálogo) y el diario de un autor argentino que conoció al escritor sobre el que la protagonista prepara su tesis. Esta segunda pata de la historia es interesante y está muy bien escrita (qué gran personaje el tipo argentino, qué creíble y qué bien construido), pero no queda bien cerrada, no se integra en la principal, que es la otra: termina suspendida en el aire, demasiado desconectada y desatendida, como si de la Cruz se cansara en un momento dado de escribir “en argentino” y se volcara en la relación entre Sofía (la protagonista) y Jokin (el preso). La preparación de la tesis doctoral es un McGuffin que queda en nada. La historia principal, sin embargo, está mucho mejor construida, más mimada, más atendida, aunque también haya algunos cabos sueltos: el trozo de cristal y la relación del conserje, sobre todo. Pero si hay algo que destacar de esta primera capa de la cebolla que cubre “La línea de frente”, es el gran desenlace, muy apropiado para la exposición del tema, así como un genial uso del idioma y la construcción de personajes con voz propia; el estilo es limpio, sin abusar de la introspección junto a la que parece tropezar peligrosamente la novela cuando se centra en el “rico mundo interior” de Sofía. Pero esto no es autoficción autista, sino una novela trabajada, con intenciones más allá de mirarse el ombligo, y es que una década de oficio (con hitos como publicar para la prestigiosísima Dalkey Archive) se nota.

El trasfondo de “La línea del frente” es peliagudo. Polémico por las decisiones que toma de la Cruz. Es valiente, no se puede negar, que la autora se aleje conscientemente del discurso oficial, lo que da un valor extra a la novela: se comparta o no su postura, merece respeto un acercamiento distinto, al menos para quienes hemos vivido el terrorismo de ETA desde una cierta distancia, siempre a través del filtro del hegemónico punto de vista del Estado. Sin embargo, elegir un punto de vista diferente no basta, pues si bien agradezco lo refrescante que resulta acercarse a los daños colaterales, a las excepciones, a lo que sucede en los márgenes del conflicto, no puedo dejar de ver cierto maniqueísmo en una historia con ETA de fondo en la que no haya un terrorista que haya matado a nadie, en el que todos ellos son lectores atentos, gente con profundas angustias existenciales e, incluso, encarcelada injustamente. Me cuesta tragármelo, aunque el tema de la novela puede justificar hasta cierto punto este maniqueísmo o, al menos, explicarlo.
Me refiero a la realidad o, más concretamente, al choque entre nuestra intuición de lo que puede ser la realidad y lo que de hecho es. De la Cruz ya se ha extendido sobre esto en alguna entrevista, y en el libro queda todo dicho en las páginas finales de “La línea del frente”, que son lo mejor de la obra. Porque Sofía, la protagonista, vive una serie de acontecimientos y hace una serie de descubrimientos que la llevan a preguntarse si la interpretación de la realidad que había construido encajaba con los hechos, llegando a la siguiente conclusión:

“La lucidez vuelve a acercarse y yo no quiero que me engulla, no quiero resaca, interpretación de sueños, escepticismo, sintaxis, quiero más kalimotxo agrio y quiero el engaño, incorporarlo como una bala sin orificio de escape que te perdona la vida, se aloja en un punto del cerebro sin uso y el organismo lo acepta, no puede rechazarlo, así que lo acepta, lo cubre de tejido sin nervios, lo incorpora, lo aísla, para que no explote, es una bomba, quiero una bomba en el cráneo, ficción […].” (p. 174)

Hay, incluso, una bonita metáfora sobre todo esto y que también merece la pena citar:

“Por qué suenan de pronto pájaros si es de noche, cuáles son las migas por las que luchan, seguro que son imaginarias, polutas de polvo iluminado por esta luz fluorescente que ve a través de las partículas y las ceba y las engorda.” (p. 171)

El tema es, sin duda, el punto fuerte de “La línea del frente” y lo que hace que merezca la pena leerlo. La protagonista (¿tal vez también la autora?) renuncia a la verdad, pues hace un descubrimiento doloroso: vive en una ficción demasiado poderosa. Puede que no sea intención de de la Cruz (o sí, yo lo he querido ver así), pero el tema viene al dedo para criticar a los escritores de su quinta que renuncia a intentar explicar la realidad, conscientes o no de la ficción en la que prefieren vivir, de la que quieren formar parte, en la que quieren bucear y ubicar sus vivencias, sus opiniones.

Bravo por de la Cruz, que no renuncia a nada en una novela tan breve: temas profundos, ideas, política, una posición defendida con valentía, estilo y forma en su sitio.

Ábreme el pecho y registra

heubdelicioustacosthepussy

Cuando empecé este blog, estaba solo en una ciudad que no conocía y pensé que sería divertido hacerme el maldito y comentar con crudeza mis experiencias sexuales: quería ser Delicious Tacos. Pero me di cuenta de que no era tan fácil, la soledad de Tacos es devastadora e imposible, uno no puede vivir de esa manera, naufragando en un mar de coños encargados via Tinder mientras anhela una vida normal, una vida sencilla y tradicional que le ha sido negada, porque son otros tiempos, chaval, y eso de tener una vida tranquila para qué, pudiendo follar a través de una aplicación, mira, deslizas tu índice hacia la derecha unas cuantas veces y ya tienes citas, mamadas, polvos, compañía de chicas cada vez distintas, seleccionadas para ti con un algoritmo que hará que poco a poco tus preferencias demográficas se vayan acotando: ¿brasileñas con tetas grandes? Pues brasileñas con tetas grandes.

Con la emoción de un hombre joven con el corazón roto, con dinero y recién llegado a una ciudad molona como Ámsterdam, me lancé de cabeza a ese estilo de vida, pero tras unos meses no pude más. No puedo ser Delicios Tacos porque no soy lo bastante fuerte. Es desolador vivir así. En cuanto pude, elegí la novia fiel, el grupo de amigos normales, la estabilidad laboral y la vida tranquila. Espero que dure.

Di con el blog de Delicious Tacos husmeando en un foro de literatura en el que sus usuarios compartían autores poco conocidos. Tal vez el propio Delicious, en un gesto de autopromoción vergonzoso, pusiera el enlace, pero me alegra el feliz hallazgo. Desde entonces, hará un año y medio, he sido un lector asiduo y me pregunto si el único que tiene en Holanda cada vez que revisa las estadísticas en su página de WordPress. Escuché su entrevista en un podcast obscuro, en el que se jactaba de su anonimato, aunque lanzaba un reto: no es tan difícil descubrir mi identidad, tal vez debería tener más cuidado. Y lo pillaron. Dieron con su verdadero nombre y se vio obligado a ocultar cientos de entradas en su blog, en las que sacaba, desde lo más profundo, sus secretos inconfesables, que son a la vez los secretos inconfesables de muchos hombres:

Quiero encadenarte a una cañería. Deja de tomar la píldora. Múdate a mi sudoroso apartamento. Desprénde te de tus posesiones. De tus mascotas. Te daré agua con una cuchara. Limpiaré tus excrementos. Vivirás de frutas que regurgitaré en tu garganta mientras te insemino una y otra vez. Construir un búnker bajo tierra para nuestros cientos de descendientes. Con los que también me aparearé.

(“Second date idea”, p. 201)

Recopiló sus mejores entradas en un libro que bautizó como “The Pussy”, que se vende en Amazon a buen precio, autoeditado. Lo compré y no pude parar de leerlo. Ahora ocupa un lugar de honor en mi estantería, porque es un libro importante a su manera. No quiero pensar lo que haría alguien como Barbijaputa si diese con el blog de Delicious Tacos. Tal vez, como él mismo comentó en una ocasión, sea demasiado vulnerable como para cabrear a ciertas feministas. Relatos como “The Soap” o “Product Review: Tenga® Easy Beat Egg™ Artificial Vagina, “Silky”” son demasiado oscuros, demasiado terribles, demasiado brillantes como para que un grupo de puritanas bienintencionadas pretendan hacer algo contra este tipo. Y eso que tienen munición de sobra, como que la gente que compró The Pussy también compró libros de Michel Houellebecq, Julius Evola, Ernst Jünger. ¿Hace falta decir más?

Y debería escribir ahora algo así como que mis propios deseos, mi yo mas oscuro, no tienen nada que ver con Delicious Tacos. Que este autor es un animal, el resultado de una sociedad caníbal (ese leviatán al que muchos llaman neoliberalismo o capitalismo tardío). Puede ser, pero no escribo esta entrada para salvar mi culo ni para quedar bien, sino para decir que merece la pena leer a Delicious Tacos porque va más lejos que nadie, se atreve a desnudarse de una manera que ya quisieran muchos abonados a la autoficción. Knausgaard no es nadie al lado de Delicious Tacos. También es capaz de describir comportamientos humanos contemporáneos y a la vez eternos, capturando el ahora, lo que le rodea, todo eso que parece no interesar a nadie pero que es importante, el motivo por el que nos leerán (o no) en el futuro. Estoy convencido de que Delicious Tacos es un escritor relevante y espero que nos dé mucho más, como la novela por entregas en la que está ocupado ahora. El tipo acaba de empezar a diseccionar nuestros aspectos más viscosos, y aunque la desesperanza sea la nota general, aún hay algún rayo de luz ocasional en “The Pussy”:

Dios no existe, pero aún tenemos las montañas y los colibríes. O un buen trago y un buen polvo. Incluso una buena cagada y una buena paja. Aunque lo intentes, no puedes escapar a los pequeños placeres. Las flores te agradan a pesar de ti mismo, mientras bajas por la calle murmurando. Volviéndote loco por no recibir un mensaje de alguna chica de la que te cansarías si te contestara. Preocupándote por el trabajo. Las nubes parecen pintadas al atardecer cada maldito día y no puedes hacer una mierda al respecto. Incluso si cierras las persianas la luz de la hora mágica se filtra a través de ellas. Un bebé te sonríe al pasar por caja. Ves algo en sus ojos. No estaba perdido.

(“There is no god, but”, p. 59)

Lecturas de marzo 2018 – el mes vacío

feria del libro ,rafael chirbes gvillamil

Kanada y Los viejos amigos. Ya está.

¿Excusas? He estado viajando, he empezado muchos libros, no me apetecía leer, tengo una vida de la que no me apetece hablar aquí y ahora… También he descuidado un poco el blog, y tiene huevos escribir sobre algo que ocurrió en marzo (o más bien, algo que no ocurrió, pues me he limitado a un par de novelitas de apenas doscientas páginas). He fulminado más libros en lo que va de abril que en todo el mes de marzo, pero quería dejar constancia de mi falta de lo mismo. Seguir leyendo “Lecturas de marzo 2018 – el mes vacío”