Ábreme el pecho y registra

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Cuando empecé este blog, estaba solo en una ciudad que no conocía y pensé que sería divertido hacerme el maldito y comentar con crudeza mis experiencias sexuales: quería ser Delicious Tacos. Pero me di cuenta de que no era tan fácil, la soledad de Tacos es devastadora e imposible, uno no puede vivir de esa manera, naufragando en un mar de coños encargados via Tinder mientras anhela una vida normal, una vida sencilla y tradicional que le ha sido negada, porque son otros tiempos, chaval, y eso de tener una vida tranquila para qué, pudiendo follar a través de una aplicación, mira, deslizas tu índice hacia la derecha unas cuantas veces y ya tienes citas, mamadas, polvos, compañía de chicas cada vez distintas, seleccionadas para ti con un algoritmo que hará que poco a poco tus preferencias demográficas se vayan acotando: ¿brasileñas con tetas grandes? Pues brasileñas con tetas grandes.

Con la emoción de un hombre joven con el corazón roto, con dinero y recién llegado a una ciudad molona como Ámsterdam, me lancé de cabeza a ese estilo de vida, pero tras unos meses no pude más. No puedo ser Delicios Tacos porque no soy lo bastante fuerte. Es desolador vivir así. En cuanto pude, elegí la novia fiel, el grupo de amigos normales, la estabilidad laboral y la vida tranquila. Espero que dure.

Di con el blog de Delicious Tacos husmeando en un foro de literatura en el que sus usuarios compartían autores poco conocidos. Tal vez el propio Delicious, en un gesto de autopromoción vergonzoso, pusiera el enlace, pero me alegra el feliz hallazgo. Desde entonces, hará un año y medio, he sido un lector asiduo y me pregunto si el único que tiene en Holanda cada vez que revisa las estadísticas en su página de WordPress. Escuché su entrevista en un podcast obscuro, en el que se jactaba de su anonimato, aunque lanzaba un reto: no es tan difícil descubrir mi identidad, tal vez debería tener más cuidado. Y lo pillaron. Dieron con su verdadero nombre y se vio obligado a ocultar cientos de entradas en su blog, en las que sacaba, desde lo más profundo, sus secretos inconfesables, que son a la vez los secretos inconfesables de muchos hombres:

Quiero encadenarte a una cañería. Deja de tomar la píldora. Múdate a mi sudoroso apartamento. Desprénde te de tus posesiones. De tus mascotas. Te daré agua con una cuchara. Limpiaré tus excrementos. Vivirás de frutas que regurgitaré en tu garganta mientras te insemino una y otra vez. Construir un búnker bajo tierra para nuestros cientos de descendientes. Con los que también me aparearé.

(“Second date idea”, p. 201)

Recopiló sus mejores entradas en un libro que bautizó como “The Pussy”, que se vende en Amazon a buen precio, autoeditado. Lo compré y no pude parar de leerlo. Ahora ocupa un lugar de honor en mi estantería, porque es un libro importante a su manera. No quiero pensar lo que haría alguien como Barbijaputa si diese con el blog de Delicious Tacos. Tal vez, como él mismo comentó en una ocasión, sea demasiado vulnerable como para cabrear a ciertas feministas. Relatos como “The Soap” o “Product Review: Tenga® Easy Beat Egg™ Artificial Vagina, “Silky”” son demasiado oscuros, demasiado terribles, demasiado brillantes como para que un grupo de puritanas bienintencionadas pretendan hacer algo contra este tipo. Y eso que tienen munición de sobra, como que la gente que compró The Pussy también compró libros de Michel Houellebecq, Julius Evola, Ernst Jünger. ¿Hace falta decir más?

Y debería escribir ahora algo así como que mis propios deseos, mi yo mas oscuro, no tienen nada que ver con Delicious Tacos. Que este autor es un animal, el resultado de una sociedad caníbal (ese leviatán al que muchos llaman neoliberalismo o capitalismo tardío). Puede ser, pero no escribo esta entrada para salvar mi culo ni para quedar bien, sino para decir que merece la pena leer a Delicious Tacos porque va más lejos que nadie, se atreve a desnudarse de una manera que ya quisieran muchos abonados a la autoficción. Knausgaard no es nadie al lado de Delicious Tacos. También es capaz de describir comportamientos humanos contemporáneos y a la vez eternos, capturando el ahora, lo que le rodea, todo eso que parece no interesar a nadie pero que es importante, el motivo por el que nos leerán (o no) en el futuro. Estoy convencido de que Delicious Tacos es un escritor relevante y espero que nos dé mucho más, como la novela por entregas en la que está ocupado ahora. El tipo acaba de empezar a diseccionar nuestros aspectos más viscosos, y aunque la desesperanza sea la nota general, aún hay algún rayo de luz ocasional en “The Pussy”:

Dios no existe, pero aún tenemos las montañas y los colibríes. O un buen trago y un buen polvo. Incluso una buena cagada y una buena paja. Aunque lo intentes, no puedes escapar a los pequeños placeres. Las flores te agradan a pesar de ti mismo, mientras bajas por la calle murmurando. Volviéndote loco por no recibir un mensaje de alguna chica de la que te cansarías si te contestara. Preocupándote por el trabajo. Las nubes parecen pintadas al atardecer cada maldito día y no puedes hacer una mierda al respecto. Incluso si cierras las persianas la luz de la hora mágica se filtra a través de ellas. Un bebé te sonríe al pasar por caja. Ves algo en sus ojos. No estaba perdido.

(“There is no god, but”, p. 59)

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Lecturas de marzo 2018 – el mes vacío

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Kanada y Los viejos amigos. Ya está.

¿Excusas? He estado viajando, he empezado muchos libros, no me apetecía leer, tengo una vida de la que no me apetece hablar aquí y ahora… También he descuidado un poco el blog, y tiene huevos escribir sobre algo que ocurrió en marzo (o más bien, algo que no ocurrió, pues me he limitado a un par de novelitas de apenas doscientas páginas). He fulminado más libros en lo que va de abril que en todo el mes de marzo, pero quería dejar constancia de mi falta de lo mismo. Seguir leyendo “Lecturas de marzo 2018 – el mes vacío”

Del yo al tú

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Abres el nuevo libro de Juan Gómez Bárcena cuando llega por correo a tu oficina y descubres que está escrito en segunda persona: piensas que esto es nuevo para ti, aunque ya has oído hablar de otros libros así, como Aura de Carlos Fuentes, que decides leer antes como preparación. Adviertes que es una técnica bastante efectiva para sentirte identificado con el protagonista, a pesar de que la historia corra el riesgo de resultar algo cargante, incluso un poco complicada de seguir en ciertos momentos. Sin embargo, sigues adelante: una vez terminada la historia de fantasmas de Fuentes, coges aire y vuelves a abrir la delgada edición de Sexto Piso, te sientes preparado. Ya en casa, descubres que la primera mitad de la novela de Juan Gómez Bárcena transcurre con lentitud, es la vuelta a casa de un tipo que ha hecho algo horrible, de alguien que está totalmente traumatizado y es incapaz de volver a relacionarse con el mundo de una forma normal. Sigues pasando las páginas y vas aprendiendo que ese tipo era un judío en Auschwitz, de esos que se encargaban de ayudar a los guardias a separar los objetos de valor de los otros judíos que eran aniquilados en las cámaras de gas. También era un intelectual, un profesor de física, un tipo con una gran biblioteca, que va quemando al regresar a su hogar, consciente de que no le ha servido para nada; ilustrarte no te va a salvar del horror, concluyes, y te acuerdas de esa reflexión: la buena letra es el disfraz de las mentiras. La cultura no sólo no nos hace mejores personas, sino que además la podemos usar para disfrazar nuestra maldad. Pero el personaje principal no disfraza su maldad. Ha formado parte del horror y ahí está, latente la culpa durante la primera mitad del libro, hasta que en un momento dado vuelve hacia él, explota, surge a borbotones, y todo se mezcla: el tipo vive en una época tumultuosa en la que los húngaros luchan contra los rusos invasores, pero el protagonista no puede dejar de pensar en las pirámides de cuerpos desnudos que iba cargando de un lado a otro del campo de concentración con su carretilla. Pasado y presente se confunden, uno no sabe muy bien si el protagonista, ese profesor que pesaba dientes de oro en Kanada, está apilando cadáveres o asistiendo a una revuelta sangrienta. En todo momento se cruzan sus experiencias, y no hay flashbacks sino una verdadera regresión que traslada a nuestro protagonista incluso hasta el inicio de la historia, a su entrada en el campo. Interesante, piensas, cómo mezcla Juan Gómez Bárcena los tiempos, cómo todo se confunde y lo real que resulta, porque tú mismo, mientras lees Kanada, te trasladas a otras épocas, a otros momentos, tal vez pienses en otras historias del holocausto que has leído en el colegio o visto en el cine. Quizás te acuerdes de la biblioteca de tu abuelo cuando el protagonista decide quemar la suya. Todo parece suceder al mismo tiempo. Incluso el futuro también se confunde, porque cuando ya has terminado el libro y has buscando algo de material para escribir sobre él y entender todo lo que contiene, das con una entrevista en la que recriminan al autor que es “cierto que leyendo la novela pensé en algún momento que habías sido muy valiente al escribir determinadas cosas, aunque también atacas al comunismo”, y piensas que precisamente porque le han hecho esa pregunta, Juan Gómez Bárcena ha sido valiente, porque es muy valiente atacar el comunismo desde según qué posiciones, y decir cosas como ésta:

“Tú ya has visto pasar esos mismos tanques por esta misma calle. Entonces no había barricadas ni disparos. Los tanques no eran verdes sino grises y no tenían una estrella roja sino una cruz blanca pintada en el chasis. Por lo demás, eran el mismo tanque y su destino era también idéntico, y las personas que los veían pasar desde las ventanas, con rifles o sin ellos, también tenían miedo.” (p. 175).

También adviertes que esta cita es del último tercio del libro, el mejor, en el que se concentran las reflexiones de más peso, los temas más hondos, y sientes un pequeño escalofrío cuando caes en la cuenta de que uno de los temas que expone el autor de forma más convincente es esa idea de que hasta las víctimas, como el protagonista, también pueden ser monstruosas; recuerdas otra cita que subrayaste con un bolígrafo negro, una mañana perdida en una cafetería, leyendo la novelita:

“¿No hay algo animal en el modo en que os matáis y os dejáis matar por un pocillo de agua o un puesto en la cola de las letrinas? Tal vez por eso los soldados os miran con esa tristeza, con tanta repugnancia, como vigilantes impotentes de un zoológico, que levantan barrotes y dejan hacer a las bestias en sus dominios; que las ven morderse, equivocarse, fracasar cada vez más hondo, mientras fuman en silencio y suspiran” (p. 169).

Y otra, tal vez más general, pero también reveladora:

“En el origen la tierra es todavía eso: un moridero de cadáveres que los campesinos constantemente remueven” (p. 179)

Estás bastante satisfecho con la lectura de Kanada, a pesar de que se trata de un texto quizás excesivamente pulcro, pulido, incluso aséptico, con una peculiar querencia por pequeñas pedanterías: ¿cuándo fue la última vez que leíste la palabra “clepsidra”? Igualmente, eso no empaña una experiencia francamente satisfactoria, concluyes. Incluso puedes disculpar algunas historias que no parecen tener mucho sentido, como todo lo referente a Johannes Schneider, un nombre recurrente en la obra de Gómez Bárcena, su EHIO. Tal vez un contexto histórico diferente, más actual, habría hecho ganar puntos a Kanada, piensas; tal vez el autor y el protagonista se asemejen en eso de que no advierten o no quieren advertir lo que sucede a su alrededor, pues están demasiado concentrados en el pasado. Pero eso, supones, no es más que una elección personal: el holocausto siempre es efectivo, a fin de cuentas. Pero qué bien ha hecho el autor en desmarcarse de tantos otros que escriben hablando de sí mismos, pasando del yo al tú, luchando por contar una historia en vez de limitarse a desnudarse en público. Haces balance, piensas en El cielo de Lima, y concluyes que este escritor ha dado un paso adelante. Piensas que si el autor vuelve a dar un salto cuantitativo así con su próxima novela, puede que te encuentres ante una algo verdaderamente admirable. Dejas Kanada en la estantería, y dejas un huequecito para su próximo libro, que con toda seguridad leerás en cuanto se publique.

Lecturas de febrero 2018 – de Gran Sol a Kanada

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Este mes no he hecho más que picotear ladrillos infumables y cagarrutas posmodernas, novedades rabiosas y clásicos que no-me-puedo-creer-que-no-los-haya-leído-aun. Pero, con todo, he conseguido llegar hasta el final con unos cuantos libros, algunos mejores, otros peores, y ya voy encontrando un patrón del que ya me advirtieron desde niño: tendría que leer más a los putos clásicos, que con los autores modernos uno se la juega constantemente. Este mes voy a hablar de cada libro por órden alfabético de autor, de la A de Aldecoa a la Z de Zweig.

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Atemporalidad

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Madre e hija, una novela escrita por esta mujer de mi quinta (otra vez el ochentayocho) que supuestamente se adscribe a eso que llaman neorruralismo y que parece una corriente que busca refugiarse en un mundo que ha permanecido más o menos intacto frente a la revolución digital que lo ha trastocado todo y ha vuelto tan complicado describir la realidad que nos rodea. Lo primero a destacar de Madre e hija es la ausencia de descripciones, la ubicación de la novela en un lugar y tiempo indeterminados, difíciles de rastrear. Esto es bueno, muy bueno. La autora renuncia a ambientar la novela, quitándole un trabajo importante de encima y evitando así que pueda cagarla en este aspecto tan complicado. Bien por ella. Parece casi una de esas nivolas de Unamuno, por lo que toda la atención hay que ponerla en las relaciones entre los personajes, su desarrollo emocional y sus reaccciones al interactuar. Un problema del estilo minimalista que practica Díaz es que acaba repitiéndose, incidiendo una y otra vez en los mismos temas. Aunque se trata de una forma de dar personalidad a la voz narradora —muy conseguida con ese tonito de superioridad muy propio de algunos viejitos que se creen sabios cuando en verdad no tienen muchas luces—, acaba resultando irritante tanta sentencia categórica, como por ejemplo:

  • “son un poco así, las mujeres, que de pronto hacen alguna cosa incomprensible” (p. 13)
  • “pero con las mujeres ya se sabe, como decía siempre papá” (p. 15)
  • “porque hay aprendizajes y maneras de hacer que se quedan bien adentro de la mujer y, cuando nadie se lo espera, salen; así ha sido siempre” (p. 22)
  • “porque una mujer, cuando tiene un hombre al lado, no puede evitar ciertas expresiones y comportamientos” (p. 23)
  • “Porque las mujeres, eso sí, o están casadas, o son viudas, o monjas, pero mujeres solteras, mujeres solamente, sin lazos… ¡qué disparate!” (p. 24)
  • “porque las mujeres como Gloria, cuando no les sale bien una cosa, se enrabian” (p. 30)
  • “porque antes la mujer tenía hijos y ya está” (p. 38)
  • “eso una mujer lo lleva dentro” (p. 38)
  • “problemas de mujeres como ellas, porque hay muchas maneras de ser mujer, aunque no lo parezca” (p. 38)
  • “las mujeres son de naturaleza más buena” (p. 44)
  • “Y eso las mujeres no lo hacían, antes” (p. 52)
  • “las mujeres nacen ya con esa rivalidad en la sangre” (p. 53)

Uno termina abrumado ante tanto dato “irrefutable”, tanta observación de barra de bar que, entiendo, es parte de la gracia de la voz narradora, muy bien construída, pero llevada al extremo, pues no hay quien sea capaz de aguantar doscientas páginas así, que si porque las mujeres esto o aquello. No obstante, es un precio que, supongo, hay que pagar para lograr ese estilo atemporal que es, al final, el punto fuerte de Madre e hija. Hay que apreciar esto, tan difícil de lograr, y lo digo completamente en serio: estoy convencido de que la atemporalidad es una de las cualidades más valiosas que puede tener una novela, y creo que Díaz da en el clavo en este aspecto, si bien a costa de resultar algo cargante.

Así, uno puede disculpar algún tropiezo —pienso en ese desconcertante “es un misterio lo que los años hacen con la ternura —la aniquilan” (¿?) de la página 21, por ejemplo—, pues la prosa es clara, más que correcta, certera y al grano, al servicio del estado de ánimo de la historia. Uno sólo puede esperar con impaciencia las próximas novelas de Jenn Díaz, pues estoy convencido de que tiene un enfoque poderoso capaz de regalarnos grandes momentos en el futuro. Así, no me resisto a desearle la mejor de las suertes, es decir, que sea más Natalia Ginzburg que Pilar Rahola, y que preste atención a la advertencia de Rafael Chirbes:

“Y entonces, además, los intelectuales siempre parece que estén cerquita del poder, porque el poder los busca, tiene pasión por ellos, ¿no?” (Rafael Chirbes, Página Dos)

El impostor y el atentado

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Es extraño leer un libro que describe el atentado del once eme en el transporte público. Ya he comentado que, a veces, en los tranvías de Ámsterdam uno mira con suspicacia a los demás, preguntándose si ese bulto del costado no será un chaleco explosivo o si esa bolsa de deporte cargada de hierros no esconderá un rifle de asalto y munición para liquidar a doscientas personas. Pero uno debe intentar ser racional y convencerse de que son todo prejuicios, miedos inoculados por sobreexponerse a unos medios de comunicación alarmistas que nos machacan con ciertas noticias por no se sabe qué oscuros motivos. O eso me gustaría creer. Sea como sea, lo que ocurrió el once de marzo de 2004 fue real, y aquí tenemos a Ben Lerner de testigo improbable. Si no fuera porque ya es sabido que la novela toca el tema de la mayor masacre  perpetrada en suelo español en lo que va de siglo, sería una grata sorpresa para el lector: me encantan esas historias que, disfrazadas de una narración con ínfulas artísticas, acaba entrando en terrenos de género, o explorando asuntos político-históricos de gran popularidad. Es, en parte, el caso de Leaving the Atocha station, una especie de bildungsroman de la que se ha hablado mucho, aunque me gustaría apuntar una cosa más: qué ojo el de Ben Lerner al describir a cierta bohemia de palacete que vi con mis propios ojos cuando empecé la universidad y que con el tiempo ha ido ocupando el lugar que le corresponde: bufetes de primera categoría, bancos, grandes empresas. Cambiando la palestina por la corbata, pero Lerner saca la foto en el primer momento y ya nota que hay algo que no le cuadra.  El impostor que reconoce a los impostores. Pero, prejuicios aparte, me quedo con una prosa ágil y una capacidad de observación de la que ya quisieran muchos autores españoles; también con un narrador francamente simpático que consigue mantener mi atención a lo largo de una novelita que dura lo justo y que me hace echar de menos Madrid, a pesar de que pinte el momento más duro de su historia reciente, la de las maivas manifestaciones por la Gran Vía con los paraguas, la de la utilización política, por unos y por otros, de doscientos cadáveres que se vieron como ocasión para disputarse unas elecciones generales. Que tenga que venir un gafapasta de Topeka, la ciudad más aburrida de América, a enseñarnos cómo se hace es de vergüenza, pero así son las cosas.

Habrá que seguir machacando teclas.

Lecturas de enero 2018 – nieve sucia, sangre y Nadia Comăneci

George Simenon

Entre mis propósitos de año nuevo estaba, cómo no, dedicarle más atención a este blog. Uno de los trucos que se me han ocurrido para aumentar el número de entradas (y con ello el numero de visitas, y con ello el número de lectores, etc.) es escribir una relación mensual de lo que voy leyendo: libros, pero también otras cosas como artículos o ensayos. La idea es dedicar publicaciones separadas a novelas más modernas, idealmente de escritores españoles e hispanoamericanos más o menos jóvenes, por lo que en estas entradas mensuales me pararé a comentar un poco más otros libros que por vergüenza o por inutilidad (quién necesita otra reseña diletante de Don Quijote) no merecen un artículo aparte. Vamos. Seguir leyendo “Lecturas de enero 2018 – nieve sucia, sangre y Nadia Comăneci”