Ensayo de Bertomeu

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Compré Los disparos del cazador el pasado martes en un paseo por Madrid desde Tribunal hasta Callao, metiéndome en librerías y aprovisionándome de novelas para la primavera fuera de España: novelas cortas, novelas de la guerra, novelas de la crisis. No hay muchas novelas de la crisis. Le pregunté al dependiente barbudo de Tipos Infames por novelas sobre expatriados y se puso a dar vueltas durante quince minutos, incapaz de reconocerme que no conocía ninguna. Probablemente no haya muchas, pero me dio Volveremos, una recopilación de reflexiones de varios españoles expatriados en Alemania, Francia, Luxemburgo, también América. Llevo dos o tres años leyendo a Chirbes y aún me quedan unos cuantos libros suyos por leer, pero ninguno de los importantes, creo. El primero que leí fue Crematorio y me obsesioné con Bertomeu, porque era el primer malvado capitalista que veía creíble. Un tipo culto, con una filosofía coherente, y no un simple constructor paleto como el que cierra En la orilla. Conozco a más de uno que quisiera ser un Bertomeu, pero no es nada nuevo ni alarmante ni preocupante; el éxito, a pesar de ser sucio e inmoral, sigue siendo éxito, y eso siempre va a ser un gran incentivo para que mucha gente haga muchas cosas. Antes eran Gordon Gekko, Mario Conde. Aunque sean unos cabronazos. Carlos Císcar, el cazador del título, es un tipo de estos, aunque más desdibujado. Se nota que Chirbes no sabe realmente cómo vive esta gente y se centra en el adulterio, la relación familiar, la conciencia de clase y la homosexualidad latente. Habla del hijo que es marxista gracias a los libros que pudo comprar con el dinero de papá, que se pateó monterías en busca de contratos, recalificaciones, ventas, favores, contactos. Se recrea en la vejez y la enfermedad, la muerte ¿igualadora? El librito no profundiza, pero deja poso porque va a lo importante: que no hay fortuna inocente y que todos somos unos hipócritas que justificamos nuestras decisiones de mierda con cualquier coartada para poder dormir tranquilos. Es un libro precioso. Si alguien me pidiera un Chirbes para principiantes, le daría Los disparos del cazador. Pero mis aprendices de Bertomeu, mis Císcares que apenas echan a andar, dirán que se trata de demagogia, de un relato maniqueo, la visión torticera de un viejo marxista que vivía amargado en un pueblo de mierda en Extremadura mientras lo escribió. Y puede que en parte tengan razón, porque Císcar no es ni deslumbrante ni envidiable: no se recrea en su lujo, sus amantes no le traen más que problemas y su familia es un desastre. Se escuda en el conservadurismo y no parece que se lo pase demasiado bien. Pero ha triunfado y puede volver a Misent con la cabeza alta, aun a pesar de la vergüenza que supone para sus padres humildes ver a su hijo convertido en aquello contra lo que lucharon en el treintaiséis. Siempre acabamos con la guerra civil. Por qué será. Císcar es más caricaturesco que Bertomeu, pero aún esconde algo de realidad. Son los tipos que se quedan en Madrid, mientras otros sólo podemos pasearnos por la ciudad en semana santa, agosto y navidad. El resto del año estamos en otro país, ganándonos la vida.

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