Juan Manuel de Prada, haciendo sentadillas

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Me acuerdo de eso que dijo Juan Manuel de Prada en una entrevista que le hizo Alberto Olmos sobre la uberización de los escritores y sus manías hoy en día de autopromocionarse vía Facebook mientras cargo un disco de quince kilos en cada lado de la barra fija, que se desliza bien engrasada y con suavidad, casi hidráulica, pegando un botecito cuando llega hasta arriba: uno, dos tres, cuatro y así hasta diez mientras me esfuerzo por no prestar atención al crujido de mis rodillas al empujar el peso con mis piernas; cada minuto en Twitter es un minuto menos frente al papel en blanco o un minuto menos viviendo o un minuto menos pensando en algo productivo más allá de arañar un puñado de clics. ¿Qué hago en un blog, entonces? Yo quería hablar con cierta regularidad de los libros que leo, comentar lo último de lo último, como el Gornú de Rebolledo o el quinto volumen de Mi lucha, del que me quedan unas cientocincuenta páginas, o el próximo libro que leo que va a ser Mientras agonizo, qué vergüenza mi primer Faulkner con veintiocho tacos, joder. Minuto de descanso y miro los traseros de una docena de señoras que viven a las afueras de Ámsterdam y ahora hacen aeróbic, uno dos, uno dos, con una música que inunda el gimnasio que visito por primera vez porque se ha acabado el contrato con el gimnasio al que llevo yendo desde agosto con más éxito que mis últimas intentonas, supongo que es la soledad, y he decidido descargarme una aplicación que me permite entrar en cincuenta gimnasios distintos de la ciudad, eso sí, no más de cuatro veces al mes cada uno, y así estaré, uberizándome con gusto por toda Ámsterdam, bolsa de deporte al hombro, preguntándome si hoy me toca cardio o pesas, el libro de Faulkner junto a la cantimplora llena de medida y media de polvo de proteínas con sabor a chocolate. Cuando llegué a esta ciudad las lorzas me rebosaban la mano y ahora no son más que un pellizco. Vuelvo a los hierros y sigo pensando en Juan Manuel de Prada, haciendo sentadillas con dificultad porque son cuatro series de diez repeticiones y en la segunda ya voy exhausto, jadeando y gruñendo, todo el tiempo que está uno en internet es tiempo que no está en el mundo y por eso estoy en un gimnasio que no podré visitar más de cuatro veces al mes, la próxima a lo mejor ya me he leído Mientras agonizo y puede que haya pasado a Los siete locos, que dejé a medias porque Arlt parece que no va a ninguna parte aunque su prosa sea magnífica. O tal vez debería leer algo de Juan Manuel de Prada, quizás Las máscaras del héroe, que tan buena se supone que es. Cosa curiosa, vi otro libro suyo en la Fnac la última vez que estuve en Madrid y estuve a punto de llevármelo hasta que leí que había ganado el premio Planeta. Se supone que el premio debería tener el efecto contrario y lo siento por de Prada, porque es muy posible que entonces el Planeta fuera otra cosa, pero decidí salir de ahí con las manos vacías, entrar en la Casa del Libro y comprarme algo de Chirbes, algo de Barea. Un minuto de descanso, diez sentadillas; otro minuto de descanso y otras diez sentadillas. Termino mis ejercicios con diligencia a pesar de la escasez de máquinas y de mancuernas del triste gimnasio, bajo suelo y el techo lleno de humedades, el suelo de porquería, los útiles de herrumbre: piernas, pecho y espalda y a casa en el tranvía, leyendo a Knausgaard con el regusto a chocolate del batido.

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