Knausgaard y la chica del hiyab

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Para un niño del extrarradio acomodado de Madrid en los noventa, los moros eran una masa indefinida que aparecía en los libros de texto batiéndose contra Don Pelayo hasta que, en 2004, Atocha reventó. Entonces se empezó a hablar de ellos como una comunidad de inadaptados que se encerraban en sus guetos de Galapagar o Lavapiés. Pero mi primer contacto con los musulmanes fue un poco antes: Sara, la niñera de un amigo mío de barrio bien de Pozuelo, se arrodillaba sobre su alfombrilla y hacía reverencias hacia la Meca pero no se tapaba el pelo cuando nos llevaba a comprar golosinas o a jugar al parque. Había subido a su habitación a preguntarle algo, pero volví confundido a la cocina, donde mi amigo preparaba pasteles subido a un taburete. Está rezando, dije, y seguimos cocinando un desastre que luego Sara intentó arreglar con canela y azúcar. No fue posible.

Por las mañanas, el tranvía de Ámsterdam hierve de inmigrantes y turistas que viajan por toda la ciudad: rusos con latas de cerveza, pakistaníes de frentes sudorosas, negros del Caribe, griegos con mochilas, chinas con bolsos de Louis Vuitton, italianos pasándose de parada, rastafaris manoseando porros apagados, polacos tristes, latinas hablando a gritos por teléfono, alemanes recién duchados, franceses con los tobillos desnudos preguntando por el museo de Van Gogh, familias interraciales de California, ingleses de despedida de soltero, indios con trajes demasiado grandes, sudafricanos con riñoneras. Una buena parte de los usuarios del transporte público viene de países musulmanes y, salvo que se afeiten el bigote y dejen crecer la barba, la mayoría de turcos y marroquíes podrían ser señores de Murcia. Ellas, siempre elegantes, entaconadas, limpias, emperifolladas, ensortijadas, perfumadas, maquilladas, despiertas, pizpiretas, resueltas y ensimismadas en sus iPhones, por los que deslizan sus índices con suavidad, cuidado con raspar la pantalla con las largas uñas color chicle, no dejan lugar a dudas porque llevan la cabeza tapada. Una de ellas, una turca que huele a Chloé y lleva un hiyab verde botella, se sienta frente a mí, que paso páginas del quinto tomo de Mi Lucha apoyado contra una ventana. Me clava durante un segundo sus ojos oscuros como una noche de febrero y levanto la vista de un párrafo en el que Knausgaard describe sus borracheras de universidad robando bicicletas y rompiendo cristales. Ella saca el teléfono de su Marc Jacobs y se pone a comprar ropa en Asos.

En Madrid el comentario que más se escuchaba era que no se integraban tan bien como otros inmigrantes: los latinos tienen el idioma, los rumanos ganas de trabajar y los negros son muy salados. Mi madre contaba la historia de la hija de una amiga suya que se había convertido al islam y se tapaba el pelo y no comía chorizo y si alguien tiraba una cerveza no probaba bocado aunque no hubiese salpicado la comida.

La gente mira con suspicacia a los marroquíes que se suben al tranvía con camisetas del Real Madrid y mochila al hombro. Se fijan y, si ven un paquete de tabaco asomando por el bolsillo, respiran aliviados. Buscan las señas de occidentalización: unas zapatillas de marca, una americana entallada, un buen corte de pelo. Si no, unos se van a sentar en la otra punta del vagón, otros se bajan y esperan al siguiente tranvía. Un tipo se queda mirando al moro con los ojos llenos de rabia y miedo, preguntándose si está planeando volar el vagón en pedazos o sacar una cimitarra de su pantalón para rasgarnos las yugulares al grito de alá es grande. La chica no me pone en guardia porque es una chica y porque además de su hiyab verde botella y de suaves texturas su ropa es de Zara, sus zapatos son nuevos y su bisutería es elegante y discreta. Si no fuera por la cabeza tapada, todo el mundo la miraría. Pero se tapa la cabeza y nadie más que yo la mira, porque ella me ha mirado un segundo y ya no puedo volver a mi libro. Hago un esfuerzo y leo un par de líneas,

The next time I woke up I was still drunk and everything that had happened out there and on the way here had something dreamlike about it. But the iron door and the concrete floor were tangible enough.

pero la resaca de Kanusgaard está demasiado lejos de este tranvía holandés con gente de todos los colores y sabores y una turca guapa que ya no me mira. Me fijo en su ropa y advierto que tiene dinero, que tiene mucho más estilo que yo, con mi camisa vieja de sobacos amarillentos y mis zapatos oxford marrones demasiado ajados, tanto tiempo sin embetunarlos, cepillados con rapidez tras rescatarlos de debajo de la cama. Me acuerdo de Barbijaputa y me siento un violador por desear a una mujer a la que no conozco, por dedicarle más de tres segundos de mi tiempo cuando ella no muestra ningún interés. Sigue absorta en su pantalla, que le ilumina la cara más que la luz débil de otra mañana nublada.

El islam, dijo mi padre, es incompatible con nuestro estilo de vida. No dudo que la mayoría sean buena gente, pero no van a integrarse por mucho que pongamos de nuestra parte: su religión y nuestras costumbres son como el agua y el aceite. Sólo si renuncian a lo único a lo que no están dispuestos a renunciar se podrán mezclar con los europeos. Hasta entonces, tendremos onceemes para rato.

Le dedico una última mirada a la mora del hiyab verde y la cara bonita mientras pica su tarjeta en la salida, dos paradas antes que yo. Se baja y se pierde entre la multitud que sube por Sarphatisstraat. No giró la cabeza. Esta vez sí, vuelvo a Knausgaard y consigo concentrarme durante un par de páginas. Tengo que terminar la última frase a toda velocidad porque la gente ya está bajando en mi parada. Corro hacia la salida con la puerta cerrándose, estiro el brazo y el sistema de seguridad hace que se vuelva a abrir por completo. Ya me he olvidado de la chica y del libro mientras paseo hacia la oficina, recorriendo en silencio y a paso lento la distancia que me separa de ocho horas de trabajo.

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