María Cabrera salva su culo

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Escribe María Cabrera en Televisión sobre la crisis y cuenta la historia de un despido masivo a través de varios personajes, se marca un Chirbes y tiene la osadía de que uno de ellos sea todos los trabajadores en su conjunto, una declaración de intenciones eso de que novecientas y pico personas hablen a una, o al menos eso es lo que parece: en realidad no son todos, todos, ya que nos referimos a los comprometidos, a los sindicalistas; el personaje principal, quizás trasunto de la propia autora, una tal Henar, aguanta con su trabajo, esperando en su cueva a que pase la tormenta mientras escribe el libro de un culebrón venezolano y bebe café y come chocolatinas de la máquina y esquiva milagrosamente el despido, y eso me gusta porque el libro parece tener algo de sentimiento de culpa y de redención, y esos son los libros que vale la pena escribir y leer, le da hondura a la novela de Cabrera y hace que lo que empieza siendo una colección de noviazgos de oficina con algún pasaje envolvente (pienso en el viaje nocturno en taxi por Madrid) se convierta en algo con bastante nervio, incluso con cierto ritmo a pesar del uso algo fuera de lugar de ciertas palabras o de unos puntos suspensivos entre corchetes ([…]) que hacen suponer que el texto podría estar mucho más pulido con una revisión más, cosa imperdonable en un texto tan corto y tan espaciado, un ejercicio de contorsionismo tipográfico en busca de las cien páginas, pero la longitud no es problema sino virtud en este texto sobre la crisis que no sé si me gusta o no, porque al final no me puedo sentir identificado con estos trabajadores que sólo parecen denunciar la utilización partidista de la cadena de televisión cuando ven peligrar su trabajo, lo que me reafirma en mi pesimismo de que uno sólo es héroe cuando no tiene nada que perder, aunque tal vez Cabrera sí se está jugando algo con la publicación de este libro, quién sabe, pero por si acaso la palabra “Telemadrid” no aparece ni una sola vez (totalmente comprensible, por otro lado) y el reparto de culpas y la posición de la propia autora no quedan reflejados a las claras, cosa que tampoco tiene por qué ser un problema; a pesar de que no volvería a leerlo y no lo recomendaría, me deja el buen sabor de boca de haberme hecho pensar y de darme ánimos para seguir con lo mío, que no es poca cosa para cien páginas.

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