Cómo escribir una novela Magistral

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Sólo he leído elogios sobre Magistral, lo que no deja de tener su gracia, ya que en el propio libro el protagonista arremete contra los críticos que dicen disfrutar su obra y la visten con alabanzas:

¡Las loas se confeccionaron con el mismo silabario con el que ya antes había aplaudido lo peor, lo más desgranado de la literatura de entretiempo! La cadaverítica oficial […] dijo de mi prosa de rebaba sórdida lo mismo que de la prosa inconsútil de mis coetáneos, que más parecía que estuviesen de vacaciones de verano en el lenguaje que escribiendo.

Este tipo de paradojas, que abundan y se repiten en el libro, hacen que intente acercarme a él de forma aséptica, científica, olvidando los adjetivos (“genial”, “densa”, “surrealista”, etc.).

Magistral es una novelita de cien páginas que no parece una novela. Su protagonista (si es que sólo hay uno), habla en primera persona sobre la repercusión de un libro que ha publicado (llamado también Magistral) y que ha sido ampliamente malinterpretado, a pesar de haber conseguido su propósito de “acabar con la lengua castellana”, a la que considera muerta. El libro real (que no el ficticio, del que poco se sabe más allá de las circunstancias que lo rodean) tiene tres partes diferenciadas: las primeras 48 páginas son un ensayo más o menos ordenado, escrito con mucho estilo y cuidado vocabulario, dedicado a la repercusión de la ficticia novela Magistral. La segunda parte, de la página 49 a la 80, está envuelta por una portada falsa de Men without women, de Ben Marcus, más concretamente un ejemplar de la biblioteca pública de Sacramento. Esta segunda parte reflexiona sobre los problemas del oficio del traductor (cómo ser preciso con el lenguaje, la fina línea entre traducir y crear), y el cuerpo del texto está salpicado por pequeños recuadros con palabras en inglés. La parte final es la supuesta traducción de un capítulo de la ya citada novela de Ben Marcus, y constituye el fragmento más abstracto, surrealista y mestizo en lo que a idiomas se refiere.

Curiosamente, Ben Marcus escribió un artículo en el que trataba temas similares, pues en contestación a otro artículo de Jonathan Franzen (autor del que se dice que escribe las “mejores novelas decimonónicas del siglo XXI”) rompe una lanza a favor de la literatura experimental de autores como William Gaddis, subrayando la necesidad de explorar nuevos caminos. Franzen, por el contrario, habla del contrato que tiene el escritor con sus lectores para ofrecer un entretenimiento.

¿Qué interés puede tener un engendro de este tipo? No parece haber historia (yo al menos no la he encontrado), sino una idea que se lanza al lector de una forma bastante particular y que se puede resumir en cinco palabras: hay que renovar el castellano. ¿Por qué? La idea del autor (algo que ha confirmado en alguna entrevista por internet) es que hoy en día existe una corriente de literatura bien limpia y bien aseada que limita las posibilidades de la experimentación, osificando el lenguaje y condenando a la literatura a una repetición de fórmulas que ya se han exprimido. Magistral es un panfleto (un libelo, dice su autor) con un propósito: demostrar mediante el ejemplo que es posible abrir nuevos caminos para la novela. No hemos tocado techo, dice el narrador, y hay que buscar otros idiomas (asaltarlos) para expandir el nuestro.

Desconozco el estado de la literatura española estos días (por eso, entre otras cosas, he leído el libelo de Rubén Martín Giráldez), así que no sé hasta qué punto da en la diana. ¿Es cierto que el estilo se ha anquilosado en la literatura española y los autores abusan de frases hechas? ¿Está ese estilo limpio, esa ausencia de estilo que, decía Chirbes, es el dominio de todos los estilos, matando nuestra lengua? Cierto que, como experimento, Magistral resulta refrescante y da la sensación de despejar la maleza para mostrar un camino, dice su autor, abandonado. La prosa de esta obra es abono fértil para el futuro, aunque el contenido sea más bien reiterativo, mínimo, hasta algo aburrido y sin duda masturbatorio. De todas formas, un manifiesto de estas características debe presentarse en un formato atractivo, propósito que Martín Giráldez, creo, cumple. Una idea simple narrada de forma diferente, lo que es exactamente la misma idea que expone.

El valor de Magistral lo determinarán los autores que decidan adherirse a sus postulados y dejarse influenciar por su argumento.

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