Umbral y su amado siglo XX

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Cuando Umbral vivía y publicaba a diario su columna en la contraportada de El Mundo, yo no le prestaba ninguna atención. Sus artículos farragosos, llenos de referencias para mí obscuras y con un estilo impenetrable, me resultaban imposibles de digerir. La primera vez que leí algo suyo en serio fue hacia 2014. Compré su novela Madrid, 1940 interesado por la historia de un escritor arribista de Falange en el Madrid de la posguerra, contexto histórico que entonces me tenía fascinado. Me sorprendió la crudeza del libro, que alguien en la contraportada o en la introducción calificaba de tremendismo. Así, leer más a Umbral se convirtió en una tarea pendiente.

Compré Amado siglo XX hace unas semanas en Ámsterdam, en Scheltema, la enorme librería junto a la plaza Dam: empecé a leerlo en la cafetería de la propia librería. Un derroche de estilo que no terminaba de arrancar. Seguí leyendo. Comentarios interesantes a ciertos eventos de la historia reciente de España, apuntes más o menos corteses sobre algunos escritores de la época franquista (desfilan por el libro Eugenio D’Ors, Cela, Entralgo, Julián Marías, Aguado, Montes, Delibes, etc.), ideas dispersas sobre asuntos tan diversos como la democracia en el Quijote, Quevedo y las putas, las memorias de Azaña, los cafés de Madrid, los periodistas de provincias, la escritura como oficio… Un libro tremendamente disperso que salta de una cosa a la otra sin orden alguno.

Y ese es mi problema con Amado siglo XX: a pesar de que se trata de un esfuerzo que a Umbral le ha costado años llevar a cabo, muchas veces da la sensación de que se trata de una compilación alegre y sin criterio de muchos artículos suyos, o que el escritor se limitaba a escribir sin parar, poseído por los “demonios de la escritura”, como dice Eduardo Martínez Rico en el epílogo (no viene firmado, pero supongo que el epílogo es suyo, como el prólogo). Muchos capítulos los empieza centrándose en un tema para luego dejarlo a medias y divagar sobre algo completamente diferente, lo que resulta frustrante. Admiro su estilo tan particular, pero sin un propósito definido como en su novela Madrid, 1940 su prosa corre desbocada, sin freno, y se tira por el barranco. No hay manera de mantener la atención y me costó Dios y ayuda terminar las apenas trescientas páginas de la edición de bolsillo publicada por Austral, con la cara autista de un Umbral apoyado contra la pared, mirando a través de sus gafotas al lector con una cara que parece un poco de vergüenza: Umbral no parece muy seguro de la calidad de esta colección de ensayos, y yo, con el estilo sin propósito, con la forma sin fondo, no tengo demasiada paciencia.

Así que tomo nota, Umbral parece que vuela alto cuando tiene un propósito y pone su particular estilo al servicio de una idea concreta (y no la abandona a los cuatro párrafos). Por tanto, espero que el próximo libro suyo que lea sea una novela y no una colección de ensayos, a pesar de tener esperando en mi biblioteca un ejemplar de Un ser de lejanías. Ya veremos.

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