Partir, la novela que quise odiar

heubpartirluciabaskaran

Llego un lunes a la oficina y me encuentro con un abultado paquete de Amazon con mis lecturas del mes: ahí están Juan Gómez Bárcena, Alejandro Morellón, Sabina Urraca, Cristina Morales y, amenazante sobre todos ellos, Lucía Baskaran. La portada de Partir, con una chica de rasgos agresivamente vascos, el gesto arisco de autosuficiencia impostada, desafiante, la mirada de mala hostia y los tatuajes y la ropa, escupe un mensaje hostil: Antonio, esta novela no es para ti. Leo en diagonal el Prólogo de Luna Miguel, en el que menciona de pasada a Ainhoa Rebolledo y cita al infame Tao Lin como una referencia fundamental, y un escalofrío recorre mi espalda. Guardo los libros en mi bolsa de deporte, termino mi jornada laboral y tras una sesión de gimnasio (cardio, biceps, triceps) los coloco en mi estantería. Leo el de Morellón en un par de tardes y picoteo los demás, pero no vuelvo a abrir el de Baskaran hasta el viernes, por la mañana en el tranvía, camino de la estación de Ámsterdam.

Cojo aire, y empiezo el primer capítulo.

*

Leo las primeras cincuenta páginas entre la ida y la vuelta de un viernes tranquilo en la oficina y me siento estafado: creí que era un libro para adultos, pero capitulo a capitulo la sospecha de que se trata de una novela para adolescentes se confirma; no es sólo la temática, sino también el vocabulario, el humor y, sobre todo, la actitud de la protagonista, que me recuerda a la de muchas chicas de bachillerato y primero de carrera que se cruzaron en mi vida, siempre de forma tangencial. Sigo leyendo con cierto desánimo hasta que una entrada del diario de la protagonista, escrito al descubrir que sus compañeras de la residencia de estudiantes en la que vive en Madrid son unas cursis obsesionadas con las películas de Disney, me hace soltar una sonora carcajada que incomoda a la mujer que se sienta junto a mí en el tranvía:

Hoy ha sido el primer día del curso. Hay un chico en mi clase que se llama Gael y es muy guapo. Tengo que hacer un plan para conquistarlo. Mis compañeras en la residencia tienen tres años mentales. Tengo que convencer a mis padres para que me dejen irme a un piso compartido (p. 55).

Las tres primeras frases en contraposición con la cuarta son un buen golpe de humor: la ñoña que critica a otras por su infantilismo cuando ella misma no es consciente de lo pueril que es. Me da esperanzas y quiero pensar que, a lo mejor, la novela tiene un fino sentido del humor que, oculto entre escenas pretendidamente cómicas y sonrojantemente inverosímiles (el numerito en el avión de Ryanair a raíz de un malentendido con un azafato moro, por ejemplo), me estoy perdiendo por no prestar la suficiente atención o, simplemente (y esto duele reconocerlo), porque no lo estoy entendiendo. Al fin y al cabo, se trata de toda una finalista del Premio Herralde de Novela 2015 y yo no soy un lector especialmente voraz.

*

Es viernes por la noche y a pesar de la severa lluvia castigando a los ciclistas, que hacen malabares con sus paraguas mientras pedalean, la ciudad entera sale a la calle, los bares se llenan, los camellos se apostan en las esquinas (ecstasy, coke, M) y la música empieza a sonar, cada vez un poco más fuerte, en Rembrandtplein y Leidseplein; yo me quedo en casa, cerveza en mano, con Lucía Baskaran. Leo unas cien páginas del tirón porque la prosa es sencilla, sólo hay veintinueve líneas de texto por página y la tipografía es generosa, los capítulos cortos: los impares narran el presente en presente y los pares, el pasado en pretérito perfecto simple, aunque la alternancia no es perfecta (en algún momento se resquebraja). No aprecio una gran diferencia entre la protagonista con diecisiete años y la protagonista con veinticinco, y vuelvo a sentir que algo se me escapa: ¿crítica a la eterna adolescencia a la que mi generación parece condenada? Es posible. Cierro el libro y me meto en la cama: me duermo escuchando el sedante alfilereo de las gotas de lluvia contra el cristal de mi ventana.

*

Me despierto el sábado bien temprano, preparo café, retomo Partir: partir de irse, pero también de romper. Fulmino los capítulos que me faltan y otra vez esa sensación de incertidumbre: ¿qué me he perdido? La novela generacional, la finalista de uno de los premios literarios más importantes en lengua española, la visceral, conmovedora, desgarradora. O eso dicen. Sólo me deja un puñado de ideas: que una violación es algo terrible, pero se supera a base de hashtags feministas; que Orlando de Virginia Woolf es un libro muy jodido, aunque El rey león no sea tu película favorita; que el mundo de la interpretación está lleno de gentuza, pero también de buenas personas; que el amor fraternal es de verdad, que hasta tus más allegados te pueden sorprender.

Esta última, aunque expuesta con brevedad y de pasada, es la que más me convence de todas ellas, pero sigo sin ser capaz de entender lo que pretende Baskaran con este ejercicio adolescente, para adolescentes, sobre adolescentes, de temática adolescente, ideas adolescentes y prosa adolescente, pero con pretensiones adultas. No soy, ya lo he dicho, ningún experto en literatura juvenil (ni de otro tipo, pero especialmente juvenil), aunque me ha dejado un regusto similar al que me dejaban esas novelitas de R.L. Stine que devoré en el colegio sobre chavales incomprendidos que intentaban demostrar a sus padres que había un monstruo bajo la cama o que su profesor de matemáticas era un vampiro. Esa sensación de incomprensión, que me acompañó hasta los primeros años de facultad, en los que leía novelas de rusos suicidas en clase en vez de prestar atención a los vetustos catedráticos, es la misma sensación que parece recorrer todo Partir. Tal vez, hace diez o quince años, habría disfrutado de este libro: los detalles reveladores sobre la sexualidad femenina, las reflexiones lapidarias que caben en un tuit, las escenas de humor a medio cocer, los desplantes de instituto… Pero no he sido capaz de conectar con una temática y un estilo que me recuerdan exactamente cómo y sobre qué no me interesa en absoluto escribir, lo que hace que haya valido la pena la lectura de una novela que estaba predispuesto a odiar, que quería odiar, pero que no pude, porque hasta de los libros malos se puede aprender algo.

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