Karnaval: conclusiones para niños tontos

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Hablar de Karnaval me viene grande: tengo muy pocas lecturas a mis espaldas y no estoy preparado para identificar influencias, establecer conexiones con otras obras de espíritu similar, o zambullirme en los problemas teóricos que empujan al autor a escoger este u otro formato. Sin embargo, sí que quiero hablar de algunas ideas que me he topado en el libro y que he encontrado estimulantes (la mayoría) o criticables (pocas, quién soy yo para poner los puntos sobre las íes a este señor). He picoteado Mímesis y Simulacro, también del autor, una lectura que resulta muy útil para reflexionar sobre las estrategias narrativas que un escritor debería plantearse en estos tiempos, y Karnaval parece ir por ahí: una novela posmoderna, un cofre lleno de perspectivas e ideas retorcidas desde diversos ángulos, puntos de vista cambiantes, y ausencia de realidad objetiva en favor de interpretaciones de la realidad que compiten entre sí.

Mientras leía Karnaval el pasado agosto en un crucero (el otro libro que llevaba en la maleta era cierta colección de ensayos de David Foster Wallace, muy apropiada para el viaje), tomé notas en mi ordenador sobre las ideas que me empujaron a acabar el tocho de Ferré y a las que di vueltas en la cubierta, cerveza en mano, con el ruido de fondo de un grupo de negros con camisas hawaianas que tocaba versiones de Bob Marley: capitalismo y esperpento, libertinaje y deseo, estructura y estilo. Qué temas tan apropiados para tostarse al sol del Mediterráneo.

Me quedé con la sensación de que Ferré intenta calzar en la novela su visión maniquea del sistema económico actual, lo que le fuerza a recurrir al absurdo y la lisergia para preservar la coherencia, ya que un análisis profundo de los mecanismos de dicho sistema pondría en evidencia la burda caricatura que el autor pretende hacer pasar por capitalismo: sólo cuando convierte todo lo demás en un esperpento puede hacer que su concepción del sistema resulte coherente.

Teniendo esto en cuenta, no se pueden pasar por alto ni dar por válidos, por mucho que aparezcan envueltos en ironía y surrealismo, fragmentos como este:

Es el imperativo capitalista fundamental. La abundancia no está permitida. La gente debe competir por recursos escasos, así se asegura su fibra moral.

O este:

Y eso es lo que el capitalismo comparte con el comunismo, esa jugada me imagino que no te la esperabas. La voluntad totalitaria de hacerse con el control absoluto sobre la realidad…

O esta representación satírica del funcionamiento de los mercados (Edison es un trasunto de Warren Buffet):

Una sala infinita, de paredes blancas y techos transparentes, repleta de gigantescas pizarras, bombos enormes cargados hasta los topes de bolas numeradas y ábacos inmensos manipulados por un número indefinido de réplicas exactas de Edison.

Incluso juguetea con esa idea, que lleva ya más de un siglo dando vueltas del capitalismo como un sistema que agoniza, esa tontería que algunos cursis llaman “capitalismo tardío”:

El mercado capitalista, un cadáver indudable, un panteón invadido por las moscas y las alimañas.

Ese “cadáver indudable” tal vez sea el zombi más longevo de la historia de la economía, además del más vigoroso, pues los países, digamos, capitalistas siguen dominando el mundo, sobreviviendo a otras alternativas que, por los motivos que sean, siempre acaban pereciendo o no son capaces de lograr niveles comparables de prosperidad. Si no se habla de “comunismo tardío” (aunque tal vez debiera hablarse de “comunismo agonizante”), por qué vamos a hablar de “capitalismo tardío” o de “cadáver indudable”. Pero es que Ferré va más allá, y me duele que un autor de su calibre intelectual, un tipo de una cultura monstruosa, caiga en esa manía adolescente de meter en un mismo saco todo lo que no le gusta, en este caso capitalismo y nazismo/totalitarismo:

Todo este despliegue ocioso de música y de cuerpos bailando, todo ese espectáculo indescriptible, con luces y efectos especiales envolviendo la pista en una atmósfera onírica, como el del capitalismo totalitario que rige en este país y se expande fuera de sus fronteras sin que nadie lo frene, me digo sin dejar de sonreír hacia el exterior para disimular ante ellas el curso de mi pensamiento, sólo conducirán a esto con el tiempo.

Y sobre todo:

Esa película, se lo adelanto antes de que mis palabras le induzcan a algún equívoco, muestra que nuestras empresas y nuestras industrias funcionan como los campos de exterminio nazis.

Pero no pasa nada, son opiniones políticas muy comunes que al menos Ferré tiene el detalle de exponer con un estilo fantástico. Sólo empañan Karnaval si se pretende que la novela sea únicamente (como si fuera poco) una explicación de la realidad que nos ha tocado vivir, pero hay mucho más. Tenemos grandes temas en este libro y el más poderoso, el que sirve de diésel para muchos de los pasajes más potentes, es la exploración del deseo, el análisis de esos instintos primigenios que habitan en nosotros y en los que Ferré parece haberse zambullido hasta sus últimas consecuencias. Este aspecto de la novela deja mi frase favorita, una de esas que podrían colocarse al principio de otra novela, como un versículo de la Biblia:

La cama es un abismo vertiginoso.

Qué duda cabe.

Al final, y esto es lo más importante, Karnaval es una novela bien hecha, un trabajo del que su autor debería sentirse enormemente orgulloso, ya que destila profesionalidad y dominio del oficio: no hay una palabra fuera de lugar, salvo quizá cierto baile de tiempos verbales hacia la página 476, en mi capítulo favorito (con What a feeling a todo trapo); los capítulos son prietos y vigorosos; la prosa es certera, pero no abusa del barroquismo ni busca deslumbrar con complicados artificios: es culta sin resultar pedante, y eso debe ser algo muy difícil de lograr. Y también hay mucha ambición, que siempre es de agradecer, sobre todo cuando se está a la altura de las exigencias que uno se impone.

Me quedo con la sensación de que necesitamos más libros de Ferré, más novelas arriesgadas y complejas, hechas por verdaderos profesionales, novelistas que de verdad tocan hueso cuando abordan ideas importantes y buscan representar de alguna forma esta realidad tan confusa. Aunque no creo que el desparrame alucinógeno sea la perspectiva más adecuada (sí una herramienta cómoda para encajar los prejuicios de uno sin que chirríen), agradezco el tema, el tono y la maestría. Me alegra haber dado con este autor, cuyo blog sigo con interés y del que esperaré, impaciente, más novelas.

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