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De los libros que leí en 2017 hay al menos una docena sobre los que me hubiera gustado escribir algo, pero la pereza me lo impidió. Así, mientras no tope con algo digno de ser reseñado en este modesto blog, tiraré de historial para rescatar mis impresiones sobre lecturas algo más antiguas. Puede que no sea la mejor forma de hablar de un libro, pues cuando está fresco en la memoria es posible hacer referencia a muchos más detalles e ideas. Sin embargo, y como se puede defender casi todo, voy a romper una lanza a favor de la reseña reposada, del filtro del tiempo que hace que olvidemos algunas obras y otras sigan en nuestra memoria. El cielo de Lima es, hasta cierto punto, de las últimas, pues aunque no me causó una honda impresión al terminar de leerla, sí ha dejado cierto poso que justifica segundas y terceras reflexiones sobre ella.

Lo primero que me llama la atención es lo aseado que es este libro: la estructura, el lenguaje, el avance de la trama, el estilo florido y un poquitín pedante (pero al mismo tiempo procurando ser humilde) que tan bien va con el escenario en el que transcurre esta historia, por lo visto real, de un gran escritor (Juan Ramón Jiménez, nada menos) engañado por dos aspirantes a escritores (o dos niños ricos que juegan a ser escritores). Repito, es sorprendente que haya podido recordar tantas cosas de este libro que leí hace como medio año, y es que cuanto más lo pienso más me doy cuenta de que hay escenas de esas que podría decirse que son literatura, como las idas y venidas de la correspondencia, el personaje que escribe cartas de amor, o todo lo relacionado con la rata que viaja en la bodega del barco. Hay otros elementos de la novela que, con un poco de perspectiva, no me han entusiasmado tanto: la dinámica entre los dos pijos (el de familia bien de toda la vida y el nuevo rico), que no me importa; la relación de uno de ellos con una prostituta, que tampoco. Sin embargo, y esto ya es mucho decir visto lo visto, la calidad es impecable, se notan las horas y el trabajo de Juan Gómez Bárcena, que ha hecho un gran trabajo para un autor más o menos jóven (al menos lo era cuando escribió El cielo de Lima).

Ya comenté en otra reseña que es un libro técnicamente irreprochable, pero sin alma, que tengo la sospecha de que se trata de una prueba, de un ensayo, que los grandes temas se los está guardando Gómez Bárcena en la manga para cuando se haya fogueado con dos o tres novelas más y se vea capaz de escribir su gran obra. Quiero creer que esto es así y apuesto por él, porque parece que talento y oficio no le faltan. Esperaré y mientras tanto leeré Kanada, que publicó el año pasado, con mucho interés.

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