El vacío

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El señor Malherido me presentó a Jándula, Candaya me lo vendió. No sé hasta qué punto puede uno fiarse del criterio del primero, pero al menos pone en el mapa nombres que de otra forma me pasarían desapercibidos; de Candaya, todo lo que había leído hasta Tener una vida (libro y medio, tampoco es mucho, pero ya es algo) me había parecido que cumplía con un estándar de calidad por encima de la media (o de la mediocridad, caso de la pese a todo valiente Expediciones Polares). Con estos precedentes, y porque el libro era corto y asequible y muy aseado, me lo llevé una tarde de diciembre y lo fulminé en un par de tardes, porque 128 páginas de tipografía generosa se leen casi del tirón. Lo primero, ya en casa, me saltó a la cara como una advertencia terrible: “La condición de fantasma de este flâneur inmóvil del siglo XXI, que recuerda al funcionario de Memorias del subsuelo de Dostoyevski…”. Mierda. Dostoyevski y Memorias del subsuelo, nada menos. ¿Habrá escrito la sinopsis el propio Jándula?, porque me recordó a uno de los tomos de Mi lucha, en el que un Knausgaard de diecinueve años describe sus textos balbucientes como “una mezcla entre Knut Hamsun y Brett Easton Ellis”. O era Hemingway. Qué sé yo. Decidí sacudirme los prejuicios y darle una oportunidad. Hice bien.

Lo mejor, el tono de una historia mínima pero narrada con cierta sorna, además de un patrón de relación de conceptos como de atún y chocolate, jugando a epatar con conexiones improbables un poco a la Gopegui, aunque aquí el propósito, si es que lo hay más allá de la voluntad de desconcertar y demostrar cosas como originalidad, caráctervoz propia, es menos claro: los hallazgos de Jándula carecen de fondo, los rascas y detrás no parece haber nada, o al menos yo no he tenido la agilidad mental para tocar hueso, porque me pareció que Tener una vida era un relato invertebrado, eso sí, con una imagen muy poderosa, negra y viscosa. Una metáfora simple pero no simplona, bastante efectiva. Bien por Jándula, que juega a Borges (aunque se queda bastante lejos, pero lo contrario sería mucho pedir para cualquiera).

No parece haber desarrollo de ideas, sino un salpicón de temas que suenan bien, que quedan bien, frases resultonas que caben en un tuit, porque al final es todo lo que buscamos, algo que diga al mundo (a nuestros amigos) que hemos leído Tener una vida de Daniel Jándula, un tuit como:

…es preferible una persona que no lee nada a alguien que cree haber leído más que nadie.

Sin embargo y pese a ello, o más bien gracias a ello, el libro toma el pulso a mi generación, que se revela mucho peor que la que nos precedió: ellos eran unos eternos adolescentes enganchados a la Nocilla, nosotros unos niñatos perpetuos enganchados a la pantalla del móvil. La concisión del tuit mutila nuestra capacidad de desarrollar ideas, lo que explica el éxito, por ejemplo, de un Gabriel Rufián. También explica que Tener una vida tenga la forma y la extensión que tiene.

Hija de su tiempo: vacía y, como consecuencia, llena de contenido a la vez. Como un agujero negro.

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