Libros

Atemporalidad

jenndiazmadreehijaheubMadre e hija, una novela escrita por esta mujer de mi quinta (otra vez el ochentayocho) que supuestamente se adscribe a eso que llaman neorruralismo y que parece una corriente que busca refugiarse en un mundo que ha permanecido más o menos intacto frente a la revolución digital que lo ha trastocado todo y ha vuelto tan complicado describir la realidad que nos rodea. Lo primero a destacar de Madre e hija es la ausencia de descripciones, la ubicación de la novela en un lugar y tiempo indeterminados, difíciles de rastrear. Esto es bueno, muy bueno. La autora renuncia a ambientar la novela, quitándole un trabajo importante de encima y evitando así que pueda cagarla en este aspecto tan complicado. Bien por ella. Parece casi una de esas nivolas de Unamuno, por lo que toda la atención hay que ponerla en las relaciones entre los personajes, su desarrollo emocional y sus reaccciones al interactuar. Un problema del estilo minimalista que practica Díaz es que acaba repitiéndose, incidiendo una y otra vez en los mismos temas. Aunque se trata de una forma de dar personalidad a la voz narradora —muy conseguida con ese tonito de superioridad muy propio de algunos viejitos que se creen sabios cuando en verdad no tienen muchas luces—, acaba resultando irritante tanta sentencia categórica, como por ejemplo:

  • “son un poco así, las mujeres, que de pronto hacen alguna cosa incomprensible” (p. 13)
  • “pero con las mujeres ya se sabe, como decía siempre papá” (p. 15)
  • “porque hay aprendizajes y maneras de hacer que se quedan bien adentro de la mujer y, cuando nadie se lo espera, salen; así ha sido siempre” (p. 22)
  • “porque una mujer, cuando tiene un hombre al lado, no puede evitar ciertas expresiones y comportamientos” (p. 23)
  • “Porque las mujeres, eso sí, o están casadas, o son viudas, o monjas, pero mujeres solteras, mujeres solamente, sin lazos… ¡qué disparate!” (p. 24)
  • “porque las mujeres como Gloria, cuando no les sale bien una cosa, se enrabian” (p. 30)
  • “porque antes la mujer tenía hijos y ya está” (p. 38)
  • “eso una mujer lo lleva dentro” (p. 38)
  • “problemas de mujeres como ellas, porque hay muchas maneras de ser mujer, aunque no lo parezca” (p. 38)
  • “las mujeres son de naturaleza más buena” (p. 44)
  • “Y eso las mujeres no lo hacían, antes” (p. 52)
  • “las mujeres nacen ya con esa rivalidad en la sangre” (p. 53)

Uno termina abrumado ante tanto dato “irrefutable”, tanta observación de barra de bar que, entiendo, es parte de la gracia de la voz narradora, muy bien construída, pero llevada al extremo, pues no hay quien sea capaz de aguantar doscientas páginas así, que si porque las mujeres esto o aquello. No obstante, es un precio que, supongo, hay que pagar para lograr ese estilo atemporal que es, al final, el punto fuerte de Madre e hija. Hay que apreciar esto, tan difícil de lograr, y lo digo completamente en serio: estoy convencido de que la atemporalidad es una de las cualidades más valiosas que puede tener una novela, y creo que Díaz da en el clavo en este aspecto, si bien a costa de resultar algo cargante.

Así, uno puede disculpar algún tropiezo —pienso en ese desconcertante “es un misterio lo que los años hacen con la ternura —la aniquilan” (¿?) de la página 21, por ejemplo—, pues la prosa es clara, más que correcta, certera y al grano, al servicio del estado de ánimo de la historia. Uno sólo puede esperar con impaciencia las próximas novelas de Jenn Díaz, pues estoy convencido de que tiene un enfoque poderoso capaz de regalarnos grandes momentos en el futuro. Así, no me resisto a desearle la mejor de las suertes, es decir, que sea más Natalia Ginzburg que Pilar Rahola, y que preste atención a la advertencia de Rafael Chirbes:

“Y entonces, además, los intelectuales siempre parece que estén cerquita del poder, porque el poder los busca, tiene pasión por ellos, ¿no?” (Rafael Chirbes, Página Dos)

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El impostor y el atentado

heubleavingtheatochastationbenlernerEs extraño leer un libro que describe el atentado del once eme en el transporte público. Ya he comentado que, a veces, en los tranvías de Ámsterdam uno mira con suspicacia a los demás, preguntándose si ese bulto del costado no será un chaleco explosivo o si esa bolsa de deporte cargada de hierros no esconderá un rifle de asalto y munición para liquidar a doscientas personas. Pero uno debe intentar ser racional y convencerse de que son todo prejuicios, miedos inoculados por sobreexponerse a unos medios de comunicación alarmistas que nos machacan con ciertas noticias por no se sabe qué oscuros motivos. O eso me gustaría creer. Sea como sea, lo que ocurrió el once de marzo de 2004 fue real, y aquí tenemos a Ben Lerner de testigo improbable. Si no fuera porque ya es sabido que la novela toca el tema de la mayor masacre  perpetrada en suelo español en lo que va de siglo, sería una grata sorpresa para el lector: me encantan esas historias que, disfrazadas de una narración con ínfulas artísticas, acaba entrando en terrenos de género, o explorando asuntos político-históricos de gran popularidad. Es, en parte, el caso de Leaving the Atocha station, una especie de bildungsroman de la que se ha hablado mucho, aunque me gustaría apuntar una cosa más: qué ojo el de Ben Lerner al describir a cierta bohemia de palacete que vi con mis propios ojos cuando empecé la universidad y que con el tiempo ha ido ocupando el lugar que le corresponde: bufetes de primera categoría, bancos, grandes empresas. Cambiando la palestina por la corbata, pero Lerner saca la foto en el primer momento y ya nota que hay algo que no le cuadra.  El impostor que reconoce a los impostores. Pero, prejuicios aparte, me quedo con una prosa ágil y una capacidad de observación de la que ya quisieran muchos autores españoles; también con un narrador francamente simpático que consigue mantener mi atención a lo largo de una novelita que dura lo justo y que me hace echar de menos Madrid, a pesar de que pinte el momento más duro de su historia reciente, la de las maivas manifestaciones por la Gran Vía con los paraguas, la de la utilización política, por unos y por otros, de doscientos cadáveres que se vieron como ocasión para disputarse unas elecciones generales. Que tenga que venir un gafapasta de Topeka, la ciudad más aburrida de América, a enseñarnos cómo se hace es de vergüenza, pero así son las cosas.

Habrá que seguir machacando teclas.

Lecturas de enero 2018 – nieve sucia, sangre y Nadia Comăneci

George Simenon

Entre mis propósitos de año nuevo estaba, cómo no, dedicarle más atención a este blog. Uno de los trucos que se me han ocurrido para aumentar el número de entradas (y con ello el numero de visitas, y con ello el número de lectores, etc.) es escribir una relación mensual de lo que voy leyendo: libros, pero también otras cosas como artículos o ensayos. La idea es dedicar publicaciones separadas a novelas más modernas, idealmente de escritores españoles e hispanoamericanos más o menos jóvenes, por lo que en estas entradas mensuales me pararé a comentar un poco más otros libros que por vergüenza o por inutilidad (quién necesita otra reseña diletante de Don Quijote) no merecen un artículo aparte. Vamos. Seguir leyendo “Lecturas de enero 2018 – nieve sucia, sangre y Nadia Comăneci”

El vacío

tenerunavidadanieljandulaheub.jpgEl señor Malherido me presentó a Jándula, Candaya me lo vendió. No sé hasta qué punto puede uno fiarse del criterio del primero, pero al menos pone en el mapa nombres que de otra forma me pasarían desapercibidos; de Candaya, todo lo que había leído hasta Tener una vida (libro y medio, tampoco es mucho, pero ya es algo) me había parecido que cumplía con un estándar de calidad por encima de la media (o de la mediocridad, caso de la pese a todo valiente Expediciones Polares). Con estos precedentes, y porque el libro era corto y asequible y muy aseado, me lo llevé una tarde de diciembre y lo fulminé en un par de tardes, porque 128 páginas de tipografía generosa se leen casi del tirón. Lo primero, ya en casa, me saltó a la cara como una advertencia terrible: “La condición de fantasma de este flâneur inmóvil del siglo XXI, que recuerda al funcionario de Memorias del subsuelo de Dostoyevski…”. Mierda. Dostoyevski y Memorias del subsuelo, nada menos. ¿Habrá escrito la sinopsis el propio Jándula?, porque me recordó a uno de los tomos de Mi lucha, en el que un Knausgaard de diecinueve años describe sus textos balbucientes como “una mezcla entre Knut Hamsun y Brett Easton Ellis”. O era Hemingway. Qué sé yo. Decidí sacudirme los prejuicios y darle una oportunidad. Hice bien.

Lo mejor, el tono de una historia mínima pero narrada con cierta sorna, además de un patrón de relación de conceptos como de atún y chocolate, jugando a epatar con conexiones improbables un poco a la Gopegui, aunque aquí el propósito, si es que lo hay más allá de la voluntad de desconcertar y demostrar cosas como originalidad, caráctervoz propia, es menos claro: los hallazgos de Jándula carecen de fondo, los rascas y detrás no parece haber nada, o al menos yo no he tenido la agilidad mental para tocar hueso, porque me pareció que Tener una vida era un relato invertebrado, eso sí, con una imagen muy poderosa, negra y viscosa. Una metáfora simple pero no simplona, bastante efectiva. Bien por Jándula, que juega a Borges (aunque se queda bastante lejos, pero lo contrario sería mucho pedir para cualquiera).

No parece haber desarrollo de ideas, sino un salpicón de temas que suenan bien, que quedan bien, frases resultonas que caben en un tuit, porque al final es todo lo que buscamos, algo que diga al mundo (a nuestros amigos) que hemos leído Tener una vida de Daniel Jándula, un tuit como:

…es preferible una persona que no lee nada a alguien que cree haber leído más que nadie.

Sin embargo y pese a ello, o más bien gracias a ello, el libro toma el pulso a mi generación, que se revela mucho peor que la que nos precedió: ellos eran unos eternos adolescentes enganchados a la Nocilla, nosotros unos niñatos perpetuos enganchados a la pantalla del móvil. La concisión del tuit mutila nuestra capacidad de desarrollar ideas, lo que explica el éxito, por ejemplo, de un Gabriel Rufián. También explica que Tener una vida tenga la forma y la extensión que tiene.

Hija de su tiempo: vacía y, como consecuencia, llena de contenido a la vez. Como un agujero negro.

Visite Perú

heubelcielodelimajuangomezbarcenaDe los libros que leí en 2017 hay al menos una docena sobre los que me hubiera gustado escribir algo, pero la pereza me lo impidió. Así, mientras no tope con algo digno de ser reseñado en este modesto blog, tiraré de historial para rescatar mis impresiones sobre lecturas algo más antiguas. Puede que no sea la mejor forma de hablar de un libro, pues cuando está fresco en la memoria es posible hacer referencia a muchos más detalles e ideas. Sin embargo, y como se puede defender casi todo, voy a romper una lanza a favor de la reseña reposada, del filtro del tiempo que hace que olvidemos algunas obras y otras sigan en nuestra memoria. El cielo de Lima es, hasta cierto punto, de las últimas, pues aunque no me causó una honda impresión al terminar de leerla, sí ha dejado cierto poso que justifica segundas y terceras reflexiones sobre ella.

Lo primero que me llama la atención es lo aseado que es este libro: la estructura, el lenguaje, el avance de la trama, el estilo florido y un poquitín pedante (pero al mismo tiempo procurando ser humilde) que tan bien va con el escenario en el que transcurre esta historia, por lo visto real, de un gran escritor (Juan Ramón Jiménez, nada menos) engañado por dos aspirantes a escritores (o dos niños ricos que juegan a ser escritores). Repito, es sorprendente que haya podido recordar tantas cosas de este libro que leí hace como medio año, y es que cuanto más lo pienso más me doy cuenta de que hay escenas de esas que podría decirse que son literatura, como las idas y venidas de la correspondencia, el personaje que escribe cartas de amor, o todo lo relacionado con la rata que viaja en la bodega del barco. Hay otros elementos de la novela que, con un poco de perspectiva, no me han entusiasmado tanto: la dinámica entre los dos pijos (el de familia bien de toda la vida y el nuevo rico), que no me importa; la relación de uno de ellos con una prostituta, que tampoco. Sin embargo, y esto ya es mucho decir visto lo visto, la calidad es impecable, se notan las horas y el trabajo de Juan Gómez Bárcena, que ha hecho un gran trabajo para un autor más o menos jóven (al menos lo era cuando escribió El cielo de Lima).

Ya comenté en otra reseña que es un libro técnicamente irreprochable, pero sin alma, que tengo la sospecha de que se trata de una prueba, de un ensayo, que los grandes temas se los está guardando Gómez Bárcena en la manga para cuando se haya fogueado con dos o tres novelas más y se vea capaz de escribir su gran obra. Quiero creer que esto es así y apuesto por él, porque parece que talento y oficio no le faltan. Esperaré y mientras tanto leeré Kanada, que publicó el año pasado, con mucho interés.

Lo mejor que he leído en 2017

WilliamGaddisheub

Tras airear la cantidad de libros que no he sido capaz de terminar este año, toca sacar pecho, porque sí he terminado unos cuarenta, cantidad tal vez irrisoria para mucha gente que se toma en serio eso de la literatura, pero un hito para mí, que he leído y escrito como nunca en mi vida. Me había propuesto llegar a los sesenta libros, pero qué le vamos a hacer. Cinco de ellos, la mayoría elecciones bastante obvias, han destacado por encima de los demás y quiero dejar constancia de ello: son libros que espero volver a leer alguna vez más antes de morir. Me planteé poner también una lista con los cinco peores, pero tampoco es cuestión de hacer sangre y, a fin de cuentas, quién soy yo para decirle a alguien que ha invertido meses o años en la creación de un libro que su trabajo es basura: yo, que no he juntado cien páginas en mi puta vida.

Así, a continuación dejo mis mejores lecturas de 2017, que son libros publicados antes, mucho antes, muchísimo antes algunos de ellos. Y la lista, además, va en orden de preferencia, del cinco al uno. Seguir leyendo “Lo mejor que he leído en 2017”

Cómo pagar menos impuestos

heubdavidfosterwallacethepalekingSigo sin comprender cómo pude terminar esta novela: si ni siquiera fui capaz de terminar La broma infinita; si ni siquiera fui capaz de terminar sus ensayos; si ni siquiera fui capaz de terminar de ver la entrevista para ese canal alemán, pura y sin cortar, en la que hace todas esas muecas extrañas que han hecho de él una leyenda en 4chan. No sé nada sobre la obra de David Foster Wallace, salvo que me gusta El rey pálido. Es un libro supuestamente inacabado por el suicidio de su autor, lo que siempre da un aura de romanticismo, pero parece que el contexto hace que se trate de la culminación del post-modernismo ¿Cuántas vueltas de tuerca más podía soportar la novela? ¿No es el carácter inconcluso del texto algo que refuerza el valor de lo que sí ha podido publicarse, dándole un aura transcendental, obligando al lector a disfrutar cada frase, cada párrafo, cada capítulo, cada nota al pie?

El rey pálido es un gatillazo de más de ochocientas páginas, un golpe doloroso y a la vez placentero, como morderte el labio o que te rasquen la espalda con fuerza; un libro sobre el que se ha escrito demasiado como para que ahora venga un donnadie a decir cuatro obviedades, como que la escena de la muerte en el vagón de metro es genial, o que el pringao que organiza la fiesta de cumpleaños a la que casi nadie acude es entrañable, o que el detalle del inspector de hacienda que se comunica con un guiñol es bastante cachondo, o que la última escena larga, la del tipo que levita y la mujer atractiva, tiene una extraña tensión que hace que, aunque uno sepa que cada vez faltan menos páginas y no se va a resolver nada, uno no pueda parar de leer, hasta el final, por el puro placer de hacerlo. Pero sí que quiero apuntar que se trata de una novela que, por primera vez, he leído por leer, sin nada que me incite a continuar (ni la trama, ni los personajes, ni el deber de leer una obra importante, nada) más que la calidad de la escritura.

Qué puta envidia poder escribir así, aun a riesgo de acabar colgado de una viga.